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La Batalla de Las Bestias

La Mirada del Tigre Sobre el Manantial

    Seguramente, si has pasado un largo rato bajo el sol, una tarde en la que reina el calor inclemente,  puedes imaginar las reacciones que produciría tu cuerpo con el transcurrir de las horas, a medida que su fuego azota sin piedad: la luz incandescente y cegadora, el ardor del roce de la ropa sobre la piel irritada, la sudoración incesante, jaqueca, sed sofocante y cansancio. Esas son las sensaciones que experimenta un hombre que viaja a caballo, en medio de la llanura de un país tropical.

Bajo condiciones semejantes se encontraba un viajero, llevaba horas cabalgando lentamente sobre un animal cansado, la única sombra en kilómetros era la que le proveía su sombrero. Las circunstancias habían retrasado su viaje y ahora se encontraba en la mitad de su extenso recorrido con el sol más ardiente del año sobre su espalda, la cantimplora vacía y ningún lugar cercano donde pudiese reposar. Mil novecientos treinta y cuatro, inexistencia de cualquiera de las comodidades tecnológicas que hoy puediesen ser de ayuda, la decisión de seguir era arriesgada y representaba el mismo peligro que regresar. Sin embargo, la voluntad de Don Álvaro del Toro siempre fue su fortaleza.

La piel canela y los ojos claros de Don Álvaro, dejaban ver las bondades que en ocasiones produce el mestizaje. Las sincronicidades en su línea genética le regalaron ciertas ventajas sobre sus semejantes, era un hombre alto, fuerte y apto en un entorno donde no abundaban muchos como él. A temprana edad, cuando aún no se le permitía usar pantalones largos, descubrió su talento, un don particular con el que, sin mucho esfuerzo y utilizando sus nudillos como instrumento, podía hacer sonar como sinfonía la osamenta de cualquier contemporáneo, cosa de la que sacaba mejor provecho Simón, su carismático hermano menor. Sin importar la situación el joven Álvaro siempre le defendía. Ambos se criaron en una pequeña ciudad siempre calurosa, rodeada de llanuras y ríos, cuya calle principal, o Camino Real como se le conocía, era de paso obligado si se quería ir a cualquier polo del país. Esta condición le traía a sus habitantes una riqueza cultural, que a lo largo de los años fueron legando los viajeros, excéntricos personajes que de a poco sembraban en la memoria colectiva historias de aventuras, comercio, progreso, ciudades de ensoñación y paisajes que  alborotaban la imaginación de niños, mujeres y jóvenes.

La mañana que Don Álvaro decidió emprender su viaje, sentía paz en su corazón. Largas noches de conversaciones con su hermano sobre el futuro y las oportunidades, le habían hecho concluir que podía aprovechar mejor su fortaleza física y sus  habilidades en alguna ciudad industrial y quería para su vida todas las experiencias del camino. Temprano, luego de tomar desayuno, observó por primera vez la nostalgia en el fondo del plato fracturado de cerámica en el que siempre comía, simultáneamente soltaba de forma compasiva, algunos argumentos que pudiesen calmar el llanto de su madre. Ella pretendía hacerle cambiar de opinión, no comprendía cómo su mundo no le parecía suficiente a un hijo al que había entregado todo. Fue luego de una dilatada discusión cuando por fin le dio una bendición resignada. En la puerta le esperaba Simón, quien había tenido tiempo de sobra para ensillar al caballo, Álvaro le escurrió algo de dinero al estrechar su mano. Al momento de partir era un veinteañero callado que iba siempre con zapatos de vestir y sombrero, un pañuelo en el bolsillo de la camisa y una cajetilla de cigarros. Tenía una afición por la moda italiana que reflejaba en su forma de vestir y que contrastaba con su predilección por los trabajos pesados. Era también muy querido por su mamá, respetado por su hermano, admirado por sus amigos y tal vez odiado por algún caballero de esqueleto sinfónico.

La situación extrema que amenazaba la humanidad de Don Álvaro del Toro en la mitad de su viaje le obligaba a tomar una decisión, seguir o retornar parecían opciones igual de peligrosas, en esa situación pocos hombres tendrían la valentía para salir del camino y dirigirse al monte, sin embargo él no lo dudó. Una vez adentrado en terreno pedregoso y con los árboles cada vez menos dispersos, sintió el alivio que solo puede producirse bajo la sombra. Allí tuvo que bajar del caballo a expensas de sus zapatos de suela dura. Caminó unos metros y dio con un charco que se formaba de los restos de un riachuelo mugriento al que ahora sabía que tenía que seguir hasta hallar la cabecera, en donde, con algo de suerte, encontraría agua limpia y fresca. Cada vez más adentro de tierra virgen, escuchó entre los cantos de los pájaros, los grillos y las ranas, el sonido tenue de un manantial y observó que el agua del riachuelo que seguía era cada vez más clara. Cuando al fin divisó una caída en el terreno, que parecía el rastro de un pozo, notó a su caballo reacio a seguir avanzando, enseguida lo amarró a una rama cercana a la delgada corriente de agua barrosa,  para que así pudiese beberla. No quería perder más tiempo y no tenía fuerzas para el jaloneo con el animal; él caminó veinte pasos más entre el barro y las hojas caídas hasta llegar a la orilla, en donde satisfecho de su intuición,  pudo inspirar la brisa cálida de la tarde que avivaba el frescor del cielo abierto sobre un pozo ancho y hondo de agua cristalina.

La Mirada del Tigre sobre  el Manantial. Por Miguel Rojas Álvarez. 

El pasmo en la tez de Don Álvaro era inédito, de pie, sin tomar una gota de agua, inmóvil, veía directo al rostro del tigre que había estado bebiendo en la otra orilla, pero que ahora concentraba su atención en él, mientras movía lentamente la cola como una culebra con vida independiente. Era una fiera de mirada fija, con garras tan pesadas que se hundían en el barro de la orilla, tenía una respiración jadeante cada vez más acelerada; su pelaje amarillo intenso dejaba ver algunas cicatrices que tal vez le habían dejado sus anteriores víctimas, si estaba allí, vivo y tomando agua, era porque ya había saboreado la victoria de sus anteriores cacerías. Rodear el pozo con la velocidad que se le conoce al tigre mariposa no hubiese dado tiempo suficiente para lograr un escape súbito, cualquier movimiento brusco provocaría una reacción como esa por parte de la bestia. Paralizado frente a la mirada del asesino se dio cuenta que todos los sueños de su infancia, las tertulias con su hermano, los planes para su futuro, el infinito amor que había recibido de su madre y todo aquello que había valido la pena, terminaban en las fauces del tigre. En un brevísimo momento tuvo una revelación: dadas las circunstancias, el único que podía salvarle, era él.

De a poco aquel hombre fue retomando sus sentidos, cuando tuvo algo de consciencia comenzó un lento retroceso con su pie izquierdo. No sabía si el temblor de su cuerpo lo podía notar el tigre, que observaba atento, Don Álvaro, sin pestañear,  fijó su vista en el profundo verdor de los ojos opuestos. Escarvó en su memoria los pasos que había dado desde su caballo y supo ir poniendo sus pies sobre sus propias huellas, cuando el camino no dejaba sostener la mirada decidió dar media vuelta y emprender la carrera. El caballo relinchaba con fuerza intentando zafarse la rienda, cuando lo tuvo cerca, el hombre dio un salto largo y esforzado, cayó mal sentado detrás de la ensilladura y con una navaja que sacó del bolsillo cortó la cuerda que unía caballo y rama. El animal salió desbocado hacia la luz del crepúsculo y Don Álvaro, de lado,  intentaba tomar la posición de jinete, mientras la violencia del movimiento y los latigazos que le daban las ramas de los árboles, le impedían retomar el control. Aquel hombre con la ropa rasgada y la cabellera desnuda, se aferraba con fuerza a su caballo, a la vida, a su camino. Nunca volteó la mirada.

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Comentarios

  1. No hay manera de leer este relato y no sentir la brisa vaporosa y cálida de ese montarral. Muy emotivo, yo también crecí con esta historia en mi corazón.

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  2. Me Fascinó me atrapó desde el principio al final...y se deja entrever en toda la lectura como sentimos cada sensación y cada. acontecer de el protagonista, eso es muy importante. ..

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    1. Muchas gracias, trato de definir un personaje que voy a usar en otras historias.

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  3. Es muy arrecho Megue. Dar cuenta de tanto detalle que me llegan por todos los sentidos lo percibi desde el entorno de Álvaro en su casa materna en dónde ya no cabía y en el camino hostil que fue también su morada un tiempo con otra hostilidad pero está si, tomada voluntariamente . He huido así también de algunas amenazas .. quizás por eso es por lo que puedo leerte ahora y me sonrio llevandome la mano al pecho y pensando: coño, nací otra vez..Tu cuento me refleja. Lo viví.

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  4. Como sabrás aquí el pago es espiritual. Gracias por ese comentario.

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