Esa fue la mañana más tumultuosa que se produjo en el pueblo durante la década de los cuarenta, el mercado que rodeaba la "Plaza de Toros" se congestionaba entre los intercambios comerciales que iban de mano en mano. El pequeño pregonero estaba confundido entre su molestia y su felicidad, toda vez que tenía que dejar su pregones a la mitad (de lo que se consideraba un virtuoso) para entregar varios ejemplares del "Diario El Llanero" a los hombres, que sonrientes compraban compulsivamente mientras comentaban con sus amigos y esposas el titular de la portada, "Es Hoy: La Batalla de las Bestias". Los gritos de los comerciantes se colaban entre el alegre cotilleo, todos al ver que su competencia vendía, subían el volumen de la voz para ofrecer la "PARRIIILLA FRESCA" o la mas popular "CERVEEEEZA FRÍA", y así las ofertas más variadas de globos, empanadas, cotufas, sombreros, sombrillas, y otro lote de enseres, se amontonaban en el ambiente mientras que el Sol se alzaba cada vez más alto en el cielo despejado. El continuo correteo de los infantes y la persecución que se generaba en consecuencia, hizo azarar a más de una nana, eran ellas y las señoritas acaloradas las que llenaban los bolsillos de los héroes del mercado: los vendedores de abanicos, quienes avispados disimulaban la risa al ver los reniegos de los señores al vaciar sus monederos. Alrededor del mediodía, lo que había comenzado como un murmullo en la madrugada cuando levantaron los primeros toldos, era ahora una estruendosa multitud de familias que compraban, gritaban y soltaban carcajadas mientras hacían la fila para comprar la entrada del espectáculo.
![]() |
| La Batalla de las Bestias |
Mientras pasaban los primeros espectadores a llenar las gradas, los organizadores del evento se reunieron con los cuidadores de los animales que permanecían junto a ellos. Estaban visiblemente preocupados, no precisamente por la seguridad del público, mas bien a estas alturas, con la mayoría de los boletos vendidos, se preguntaban sobre la ferocidad de con la que ambas bestias saldrían al ruedo, esto constituía el número principal y era el cierre que garantizaría o no el porvenir de su naciente compañía.
Al comienzo de la tarde, el mercado había quedado en silencio, toda la bulla se concentraba la arena de la "Plaza de Toros", el público expectante apresuraba a la comparsa de piqueros, banderilleros, areneros e incluso al matador, todo lo que les importaba era la batalla final. Y mientras el tiempo transcurría, se iban vaciando las cestas de los vendedores de bebidas, cigarros y pistachos. Los niños ya pasaban del asombro al tedio, las damas ya concentraban más su atención en los asistentes y los señores ya mostraban signos externos de la cerveza que llevaban dentro. Los organizadores sudaban de nervios, mientras se terminaba la corrida y preparaban la arena para soltar a los majestuosos titanes que ya se encontraban en los chiqueros del toril.
Dos asistentes que se encontraban en las gradas económicas, se quejaban del sol que les daba de frente, Álvaro que era el mayor de los jóvenes le iba explicando a Mario la secuencia de la exhibición a medida que salían los personajes, pero el segundo que apenas superaba su adolescencia, se pasó toda la tarde preguntando en dónde estarían escondidas las fieras y mientras trataba de ubicarlas con la vista, aprovechaba de pasear la mirada por los rostros de las jovencitas.
Una orquesta tocaba desde la parte alta del graderío izquierdo, la afinación no les importaba tanto como el volumen, el esfuerzo que hacían los músicos de los instrumentos de viento bien valía la subida al cerro, que habían hecho como preparación física para fortalecer sus pulmones durante las semanas previas al evento; era el concierto más exigente en el que se habían presentado, aunque el tímido entusiasmo de los aplausos no compensaban el sacrificio. La música era el entretenimiento mientras se hacían los preparativos para abrir las puertas del toril, pero como todos eran conscientes de esto se acrecentaba el suspenso, fomentando así los gritos de los niños que hacían preguntas sobre cual de los animales ganaría, las damas que emocionadas soltaban predicciones y los caballeros que, mareados, sacaban el resto de su salario para soltarlo en los sombreros de los que recibían las apuestas, mientras decían fuerte y claro su favorito.
Esto se mantuvo así durante un buen rato, el rechinar de las monedas, los gritos de los más emocionados y los sonidos que emanaba la orquesta mientras buscaban desesperadamente la armonía, se vieron interrumpidos de pronto con el crujido que hizo la apertura de la primera de las dos puertas, dando rienda suelta para que entrara en la arena la primera bestia. El canto de un gavilán que pasaba se escuchó en medio del silencio repentino, acompañado de la percusión de los cascos de un majestuoso ejemplar de Toro que no lucía una marca de herrado caliente, sino un arete dorado en la oreja izquierda, que contrastaba agudamente con su pelaje negro azabache, esto dejaba en claro que venía de la hacienda de la familia Sánchez, la mas acaudalada de aquella región. El enérgico choque de las pisadas marcaban un ritmo que acompañaba perfectamente la fuerte exhalación que producía la respiración del animal. El único espacio que no era negro en el pelaje de aquella maravilla, era la parte superior de la cabeza, que se mantenía desafiantemente en alto; era un especie de aura blanca que daba la impresión de estar frente a una figura religiosa, aquella blancura parecía reflejar la claridad y firmeza de las intenciones que tenía de acabar con su contrincante, lo que se combinaba con el espesor de los cuernos cuya punta terminaba casi en la nada. Cualquier ser que lo estuviese admirando, tenía una sensación de terror que subía del estómago y de gratitud que bajaba desde la sutura coronal del cráneo, lo primero se producía apenas al mirarle y lo segundo al caer en cuenta que no se estaba abajo, en la arena.
Álvaro y Mario ya no comían, ni bebían, ni miraban alrededor, solo miraban al Toro y escuchaban cómo progresivamente volvía el bullicio, comenzando por los apostadores emocionados que habían puesto su esperanza en aquella imponente presencia, y que fueron seguidos por los aplausos y vitoreos de la masa de gente, y así cuando casi llegaban a dar una ovación de pie, crujió la segunda puerta y comenzó lentamente su recorrido de apertura.
Hubo otro breve silencio repentino y luego un rumoreo, de la segunda puerta no salía nada, casi todos en la plaza miraban atentamente sin que hubiese movimiento, los unicos que no miraban la puerta eran los organizadores, que se concentraban en la impaciencia de la gente de las gradas.
Unos pocos abucheos aleatorios rompían ahora el murmullo general, el bombeo acelerado en el pecho de los organizadores no les dejaba concentrarse en la puerta abierta, más bien uno de ellos ya buscaba ágilmente con la mirada una salida segura desde el lugar donde estaba. Sin embargo, como la llovizna que se transforma en lluvia, chocaron algunos aplausos cuando por fin estuvo afuera la primera garra de pelaje abundante. La salida de aquel animal no fue enérgica, posaba un pie lentamente delante del otro, con una calma abrumadora, la vista fija, sin mover la cabeza, totalmente concentrado en la presa. Algunos segundos pasaron antes de la tormenta de aplausos que cayó al estar completamente a la vista de toda la plaza, una bestia amarilla-anaranjada con rayas negras y de gruesa musculatura, que se dirigía lentamente en tono de cacería hacia el Toro, cuya actitud era ahora desesperada. El público estaba cada vez más alterado, expectantes a la acción, mientras las pulsaciones de los organizadores volvían a armonizarse con su respiración.
¡Va a ganar el Tigre! soltó Mario exhaltado mientras todos de pie, observaron cómo aquel mounstruo negro embistió con toda su potencia a la incandescente luz naranja que se movió rauda a su derecha, y luego, casi inmediatamente dió un salto vigorozo que le bastó para clavar las garras de sus cuatro patas en el lomo izquerdo del Toro, el mismo que ahora relinchaba para zafarse pero ya los amarillentos colmillos cavaban profundo en el morrillo, y una vez ejecutada la mordida comenzó el jaloneo hacia el costado izquerdo para que cayera.
El Toro todavía tiene fuerza, dijo Álvaro a su compañero, con el tono pausado que le caracterizaba. Pero Mario estaba muy emocionado para responder. En ese momento Álvaro se concentró en la expresión de su joven amigo mientras miraba la batalla, y una media sonrisa le iluminó el rostro al darse cuenta que el gasto que había costeado para estar presentes aquella tarde, en aquella plaza, había sido superado con creces por el valor de aquel momento.
El Toro había caído a su izquierda, el tigre ahora resbalaba en un pozo de la sangre que brotaba de su presa, ya la terrorífica expresión de aquella maravilla producida en la hacienda de los Sánchez se tornaba más en cansancio, de vez en cuando hacía un impulso para zafarse, pero ya todos anticipaban su inminente muerte. Todo quedaba en silencio, la satisfacción en el rostro de los mayores era diametralmente opuesta a la tristeza que se percibía en la mayoría de los niños. Había mucha sangre y el toro se negaba a perecer, algunos comenzaron a motivarlo, otros creyeron percibir que el animal lloraba exclamando ayuda. Mario, que ahora empatizaba con el Toro, le preguntó a Álvaro si llegar hasta el final era realmente necesario. Ahora las nanas tapaban los ojos de los niños, mientras el rumor generalizado se aplacaba con los alaridos del Toro. La audiencia entristecía, algunos se salían.
El rugido sorpresivo del tigre paralizó de nuevo a todos, había soltado los colmillos y dejado ir al otro animal que ahora se ponía de pie para preparar su ataque, algunos pudieron notar que la herradura de una de las patas de la bestia negra, presionaba contra el suelo los testículos de su torturador y le dejó sentir todo el peso de su cuerpo mientras se levantaba. Todos los cuidadores saltaron a la arena apresurados para salvar al Tigre y distraer al Toro, inútilmente. Herido de muerte asestó su última embestida. No se repitió el espectáculo.



Comentarios
Publicar un comentario