El cielo claroscuro de la madrugada del domingo se hizo cómplice del la fría corriente de aire que precede a los primeros rayos de sol. Así se hacía más complicada la esforzada labor de aquella muchacha que, con un viejo trapo de franela en su cabeza, protegía el peinado que se había estado haciendo la noche anterior. Movía rápidamente las manos, con las que sostenía una frágil escoba que compró unos días antes en el mercado, la anterior según ella "Ya daba vergüenza". La mamá de la muchacha desde hace rato estaba en la cocina. En vez de un trapo usaba una sábana blanca al rededor la cabeza que tapaba parte de la cara y caía sobre el cuerpo, no le importaba parecer un ánima con tal de mantenerse tibia. A pesar de su envoltorio se apuraba partiendo huevos, mezclando harina, licuando frutas y dedicando un momento especial al colado del café con una manga de tela que concentraba el olor por sobre todos los demás aromas de la casa. El padre había desarrollado a lo largo de los años un sentido del olfato especializado en detectar el olor a café y percibía eso como la señal para hacer su ritual de aseo matutino, para luego sentarse a la mesa. Por lo general no quedaba más que hacer en un día como ése, salvo leer los encartados dominicales y los cuerpos ampliados del periódico que contenían más entretenimiento que noticias, pero aquella mañana la necesidad de ayudar con las tareas le inyectaba una energía fresca y aceleraba un poco ese ritmo pausado que había adquirido con los años. El niño también se levantó con el aroma, por lo general le dejaban dormir hasta que estuviese bien avanzada la mañana del día de descanso familiar, pero la bulla de la escoba y el esfuerzo inútil para seguir navegando en su basto mundo onírico, le recordaron de golpe que el día por fin había llegado y automáticamente se puso de pie. "Hoy viene la gente", fue su primer pensamiento del día.
Durante el desayuno, con todos a la mesa, la muchacha iba enumerando en voz alta las cosas que faltaba por hacer, no daba instrucciones, pero cada vez que nombraba algún pendiente lo hacía mirando a la persona que le quedaba el encargo, recordando varias veces y con algún disimulo que ella no podía hacer todo sola. Cuando todos terminaron de comer, miró el reloj viejo sobre la puerta de la cocina y sin decir directamente que tenían que apurarse, recordó que el viaje duraba entre cuatro y cinco horas así que tenían aproximadamente hasta el mediodía para terminar, luego bañarse y finalmente salir con calma a dar la bienvenida, cuando llegase la gente.
Como era natural, durante las vacaciones escolares el cuarto del chiquillo estaba hecho un desastre, al ser su única tarea poner algo de orden en aquel revoltijo, el infante se daba todo el postín para jugar un rato con cada muñeco, carro, avión o pistola antes de guardarlo. Dejaba de últimos aquellos juguetes que le había obsequiado la gente en años anteriores, su plan era colocarlos estratégicamente sobre el televisor de la sala o la mesa de comedor en señal de uso. Simultáneamente la señora, luego de dejar limpios los utensilios de cocina se preparaba para bañarse. Por dos motivos era la pionera, en primer lugar, al haber culminado los quehaceres en la cocina, su parte podía considerarse hecha, y en segundo lugar porque la espectativa en el ambiente se le filtraba en el ánimo y no le dejaba espacio para la paciencia, "Ojalá no les llueva" soltó a mansalva antes de cerrar la puerta del baño. "Mamá no seas pavosa" le respondió molesta la muchacha que terminaba de barrer el piso de concreto bajo el cielo abierto del patio central. Luego se dispuso a cambiar las sábanas de todas las camas, dejando la menos vieja para la rústica hechura de su padre que sostenía un colchón de dos plazas y que por costumbre llamaban "La cama de la gente", la misma que compartía el cuarto con una biblioteca fabricada con la misma finura, unas telas viejas metidas en unas cajas y una máquina de coser.
Mientras cada quien hacía lo suyo, se escuchaba cómo el señor iba rastrillando las hojas caídas de los árboles en el resto del terreno, al rededor de la casa. Con dos o tres días de anticipación había estado almacenado en varios sacos que con cuidado colocó luego en la cocina, los frutos que pacientemente iba pescando de las ramas de los árboles con una herramienta de su ingenio, varios tubos de diferentes radios y medidas puestos unos sobre otros con la punta del último tubo seccionada en cuatro partes, con lo cual se hacía una especie de mano metálica de cuatro dedos que luego separaba o juntaba según si estuviese cosechando mangos, aguacates (Paltas), guanábanas, nísperos, cocos o mamones. Una docena de árboles frutales oxigenaban el lugar.
Durante el desayuno, con todos a la mesa, la muchacha iba enumerando en voz alta las cosas que faltaba por hacer, no daba instrucciones, pero cada vez que nombraba algún pendiente lo hacía mirando a la persona que le quedaba el encargo, recordando varias veces y con algún disimulo que ella no podía hacer todo sola. Cuando todos terminaron de comer, miró el reloj viejo sobre la puerta de la cocina y sin decir directamente que tenían que apurarse, recordó que el viaje duraba entre cuatro y cinco horas así que tenían aproximadamente hasta el mediodía para terminar, luego bañarse y finalmente salir con calma a dar la bienvenida, cuando llegase la gente.
Como era natural, durante las vacaciones escolares el cuarto del chiquillo estaba hecho un desastre, al ser su única tarea poner algo de orden en aquel revoltijo, el infante se daba todo el postín para jugar un rato con cada muñeco, carro, avión o pistola antes de guardarlo. Dejaba de últimos aquellos juguetes que le había obsequiado la gente en años anteriores, su plan era colocarlos estratégicamente sobre el televisor de la sala o la mesa de comedor en señal de uso. Simultáneamente la señora, luego de dejar limpios los utensilios de cocina se preparaba para bañarse. Por dos motivos era la pionera, en primer lugar, al haber culminado los quehaceres en la cocina, su parte podía considerarse hecha, y en segundo lugar porque la espectativa en el ambiente se le filtraba en el ánimo y no le dejaba espacio para la paciencia, "Ojalá no les llueva" soltó a mansalva antes de cerrar la puerta del baño. "Mamá no seas pavosa" le respondió molesta la muchacha que terminaba de barrer el piso de concreto bajo el cielo abierto del patio central. Luego se dispuso a cambiar las sábanas de todas las camas, dejando la menos vieja para la rústica hechura de su padre que sostenía un colchón de dos plazas y que por costumbre llamaban "La cama de la gente", la misma que compartía el cuarto con una biblioteca fabricada con la misma finura, unas telas viejas metidas en unas cajas y una máquina de coser.
Mientras cada quien hacía lo suyo, se escuchaba cómo el señor iba rastrillando las hojas caídas de los árboles en el resto del terreno, al rededor de la casa. Con dos o tres días de anticipación había estado almacenado en varios sacos que con cuidado colocó luego en la cocina, los frutos que pacientemente iba pescando de las ramas de los árboles con una herramienta de su ingenio, varios tubos de diferentes radios y medidas puestos unos sobre otros con la punta del último tubo seccionada en cuatro partes, con lo cual se hacía una especie de mano metálica de cuatro dedos que luego separaba o juntaba según si estuviese cosechando mangos, aguacates (Paltas), guanábanas, nísperos, cocos o mamones. Una docena de árboles frutales oxigenaban el lugar.
A media mañana sonó el teléfono de la sala, el silencio después del primer trimbre fue tal, que parecía que las gallinas desde su corral, callaban atentas. Contestó la muchacha pero no hablaba fuerte, no se entendía bien lo que decía, el niñito salió a la puerta de su cuarto, la señora se vestía en su habitación más lentamente, el señor se estuvo quieto, sin rastrillar. Luego de terminar la llamada, la joven anunció que la gente venía a mitad de viaje, quedaban un par de horas para su arribo. Todo esto causó la impresión de una aceleración en el tiempo. La señora se terminó de vestir con premura para ir a dar aviso a la vecina, que seguramente también se alegraría, pero en realidad su única motivación, era la desesperada búsqueda del efecto tranquilizador que le traía el contarle a alguien. El señor terminó de apilar los sacos llenos de hojas para luego pasar a ducharse. El niño salió corriendo a escoger los lugares donde dejaría los juguetes. La joven mujer dejó todo listo en la cocina para comenzar a preparar la sopa en el momento preciso, justo antes de la anticipada visita.
Luego de un largo y tibio baño, la chica se vistió oficialmente para la espera. Se preparó para el siguiente ritual, tomó una inspiración honda con ojos cerrados y luego con más determinación que paciencia comenzó los ruegos para que el engreidito se bañara. Probó con diferentes estrategias, primero aludiendo a la imagen que le iba a dar a la gente cuando llegara, más tarde recordándole que el tiempo seguía corriendo y podían arribar en cualquier momento, pero finalmente con regaños, gestos retorcidos y amenazas de contarle a la visita sobre el estado de su aseo. Siendo esta última táctica la más efectiva.
La vecina ya estaba advertida. La señora miraba fijamente al horizonte mientras permanecía de pie en el umbral de la casa. El señor, algo cansado pero muy despierto, se recostaba sobre su cama. El aroma de la carne sancochada se mezclaba con el de las diferentes especias que conformaban la sopa, la muchacha la iba saboreando y dándole los últimos retoques. El pequeño, todavía con olor a jabón, simulaba jugar solitario sobre el concreto del patio, pero en realidad lo que hacía era colocar, como en una tienda, los juguetes seleccionados, de manera que resaltaran en una combinación coherente y atractiva.
Cuando el sol de mediodía llegó a su punto más alto, el tiempo paró. Ése mismo momento se había repetido durante siglos, los habitantes de la casa estaban distribuidos en sus puestos como el año pasado, el anterior a ése, y el anterior, y así desde el inicio de los tiempos. Las melodías que emanaban los picos de las aves servían de pasadizo entre dimensiones y aunque ningún miembro de la familia parecía sorprendido, la música que se producía tenía una característica increíble, siendo aquellas armonías naturales lo único que no estaba bajo el control de las personas. De manera milagrosa todos participaban en el bucle, cada año los cantos eran exactamente los mismos, ángeles rubios y morenos en forma de animales alados, creaban polifonías corales que leían de las mismas partituras repetidas de todos los años. Era común la sensación de haber vivido desde siempre en ese minuto, como si permaneciese perenne y no dejaba que la gente terminara de llegar. Un segundo era una eternidad, un minuto era una cadena perpetua. La ansiedad que hacía bombear más fuerte aquellos humildes corazones sólo quería encontrar alivio en un futuro que se negaba. El brevísimo instante en el que se toca una puerta podía transmutarlo todo en felicidad.
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| Cuando Toquen a la Puerta. Por Miguel Rojas Álvarez. |
La señora entró y cerró la puerta, el niño la miró expectante, pero nadie más venía detrás de ella. El viento fue trayendo como en crescendo un sonido que rompía como taladro, a medida que soplaba con más fuerza subía también el volumen y se apoderaba del ambiente. Cuando ya se escuchaba cerca se pudo distinguir claramente, era el ruidoso motor de un sedán viejo, que se apagó justamente cuando rugía con más fuerza. Todos cerraron los ojos. Alguien tocaba a la puerta.

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Que de recuerdos se me movieron con este cuento .
ResponderEliminarMe gustó mucho
Increíble, nada podría ser mas exacto. Que buena memoria tienes.
ResponderEliminarEste cuento es tan hermoso, huele a Pride y a cera Beautiful. Aquí puedo percibir el olor a Vic Vaporub con talco de la señora ybel café recién colado.
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