El cielo claroscuro de la madrugada del domingo se hizo cómplice del la fría corriente de aire que precede a los primeros rayos de sol. Así se hacía más complicada la esforzada labor de aquella muchacha que, con un viejo trapo de franela en su cabeza, protegía el peinado que se había estado haciendo la noche anterior. Movía rápidamente las manos, con las que sostenía una frágil escoba que compró unos días antes en el mercado, la anterior según ella "Ya daba vergüenza". La mamá de la muchacha desde hace rato estaba en la cocina. En vez de un trapo usaba una sábana blanca al rededor la cabeza que tapaba parte de la cara y caía sobre el cuerpo, no le importaba parecer un ánima con tal de mantenerse tibia. A pesar de su envoltorio se apuraba partiendo huevos, mezclando harina, licuando frutas y dedicando un momento especial al colado del café con una manga de tela que concentraba el olor por sobre todos los dem...